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sábado, 27 de febrero de 2016

Jerusalen

La Vía Dolorosa de Jerusalén


A lo largo de los siglos, los peregrinos han querido recordar y revivir en Jerusalén todos los acontecimientos relacionados con las pasión, muerte y resurrección de Jesucristo en los mismos lugares en los que sucedieron. Yo he podido rezar en variadas ocasiones el Vía Crucis a lo largo de la Vía Dolorosa y es una experiencia muy emocionante, distinta de lo que se podría imaginar fuera de aquel contexto.

La Vía Dolorosa inicia junto a la puerta de los leones, en la “Torre Antonia”, que domina la explanada del Templo. En tiempos de Jesús, allí se encontraba el palacio del gobernador. Hoy es una escuela musulmana. En ese lugar Jesús fue condenado, sufrió los azotes, la corona de espinas, burlas y toda clase de ultrajes. 

En el espacio que antiguamente ocupaba el pretorio, se encuentran, también, el convento franciscano de la Flagelación y el convento de las Hijas de Sión, que conserva en sus criptas parte del “litostrotos” (“el enlosado”) de que habla el Evangelio. 

A partir de allí, varias capillas recuerdan los pasos del Vía Crucis, hasta llegar al Santo Sepulcro, atravesando el convento copto y la terraza de la basílica, con el convento etíope.

Mientras los peregrinos intentan rezar el Vía Crucis con devoción, cantando cada grupo en su idioma, docenas, cientos de palestinos intentan venderte restos arqueológicos, con sus correspondientes certificados (todos más falsos que Judas): ungüenteros fenicios, ánforas romanas, reliquias de la Pasión, antiguos iconos rusos… Sin que falten las camisetas, rosarios, estampas, cruces, Kipás judías, turbantes musulmanes... Mientras tanto, desde sus puestos suenan las cadenas de radio a todo volumen.

Los chiquillos juegan en las calles, gritando con todas sus fuerzas. El ruido y el desorden no parecen aturdir a las mujeres locales, que pasan silenciosas, con las cabezas cubiertas por sus grandes pañuelos, o miran recatadas desde las puertas y ventanas. Jóvenes israelitas uniformados de militar pasean con las metralletas al hombro. Los numerosos minaretes llaman a los musulmanes a la oración. Los judíos ortodoxos, con sus tirabuzones, sus sombreros negros y sus largos abrigos, caminan hacia el muro de las lamentaciones. Los hábitos de los frailes franciscanos o de los monjes ortodoxos destacan entre centenares de peregrinos y turistas de todas las nacionalidades. Se mezclan miradas de asombro con miradas indiferentes y otras desafiantes.

A medida que avanzas, te rodea el aroma de panecillos recién hechos en hornos situados en cada rincón. De los puestos callejeros se desprenden los olores más exóticos, mezclados entre sí: té, clavo, cinamomo, tomillo, almizcle, canela, pimentón, ámbar, incienso…

Esta mezcla de sonidos, olores e imágenes sorprendentes provocan un poco de aturdimiento en el peregrino, que no puede dejar de pensar que no sería muy distinto el ambiente de la Jerusalén de hace 2000 años en el contexto de la Pascua. Posiblemente, pocos se dieron cuenta de que un condenado era llevado por esas calles para ser ajusticiado a las puertas de la ciudad

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