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Asociación y Cofradía del Rosario Santo Domingo el Real


miércoles, 12 de enero de 2011

El rosario diario para nuestra divinización

Por Leandro Coccioli




El rosario diario es, después de la Santísima Eucaristía, lo principal para alcanzar la divinización. Nuestra divinización por la gracia del Espíritu Santo es el corazón del Evangelio. Nuestra fe católica, comparada con otras religiones, creencias y filosofías, aventaja infinitamente en la maravilla por lo que significa y consiste para el hombre, en su dignidad y esperanza: llegar a ser como Dios, ser divinizados, ser verdaderos hijos de Dios.


Esto es ser divinizado: que Dios crea en nuestra alma vida divina, que a lo largo de nuestro crecimiento interior se va desenvolviendo, expansionando y aumentando, si somos dóciles, para alcanzar la perfección de la santidad en esta vida, y hasta la explosión definitiva en la gloria eterna, en la que seremos plenamente semejantes a Dios pues lo veremos tal cual es. Este misterio admirable es el corazón de nuestra fe. Esto es ser hijo de Dios.


Es preciso una breve explicación de esto, pues dolorosamente la catequesis en general tiene una gravísima carencia en cuanto a lo que toca a la gracia santificante. En general en la catequesis esto no se enseña, y no enseñar esto es no enseñar qué es ser cristiano. La inmensa mayoría de los bautizados no sabe qué es la gracia santificante, y por eso no sabe cuál es su dignidad.


La gracia santificante es una cualidad habitual que Dios infunde en la esencia de nuestra alma humana, que consiste en una semejanza con la naturaleza divina. Es decir, quien tiene la gracia santificante, ya no tiene solamente naturaleza humana, sino que también tiene una participación en la naturaleza divina. La gracia santificante es como un injerto de vida divina, una semilla de Dios, que nos sobrenaturaliza y nos eleva a la dignidad majestuosa de Dios, haciéndonos verdaderos hijos suyos. Para esto nos creó Dios y así alcanzaremos la plenitud y la felicidad: ser semejantes a Él, siendo, por lo tanto, verdaderos miembros de la familia trinitaria. Somos de la familia de Dios porque compartimos su naturaleza.


Por el rosario cotidiano, alcanzamos magníficamente esta configuración divina. ¿Cómo es esto? Porque el rosario consiste en la contemplación de la belleza del rostro de Cristo, en conocer y ahondar en su misterio. Y cuando uno conoce, recibe lo que conoce. Conociendo, se ama lo que se conoce si es bueno. Cristo es Infinitamente Bueno. Y cuando uno ama, uno se vuelve como el Amado. Uno se transforma en lo que ama conociéndolo. Conociendo y amando a Cristo por el rosario diario, nos volvemos como Él, por obra de la gracia del Espíritu que opera en nuestro interior. Contemplando incansablemente cada día el misterio de Cristo, el misterio nos absorbe y transforma en el Cristo que contemplamos. Esto es algo único del rosario, y es lo que María hacía cada día, por eso quiere que recemos como Ella, por eso nos da el rosario diario, para hacernos perfecta imagen de Cristo como lo era Ella ya en esta vida. Esta absorción en el misterio de Cristo se va como produciendo en cada Avemaría que hilvanamos cuenta tras cuenta. Cada Avemaría que recitamos es como una gota de nuestra humanidad que se une y transforma según la humanidad de Cristo. Y uniéndonos y configurándonos en Cristo, nos unimos y configuramos a Dios, como la obra más acabada del rosario de cada día.


Reza el rosario todos los días, y serás como Dios. Sólo así serás feliz. Aférrate con todas tus fuerzas al rosario diario. No hay nada más grande que puedas hacer fuera de esto.