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Asociación y Cofradía del Rosario Santo Domingo el Real


domingo, 1 de mayo de 2011

El rosario diario para alcanzar la caridad perfecta

Por Leandro Coccioli



El rosario diario, como medio inmejorable e insustituible para alcanzar la perfección, nos conduce a la caridad perfecta, al amor perfecto a Dios y al prójimo, que es lo esencial de la vida cristiana, donde se decide la verdadera santidad.


Este amor puro, ardiente, generoso y diligente nos llega por el rosario de cada día debido a la contemplación mística a la que nos lleva y en especial por la unión misteriosa que nos consigue con María, por la que Ella nos comunica su caridad.


La caridad perfecta es purísima: eso significa que no sólo se ama a Dios sobre todas las cosas, sino que se lo ama con todo el corazón, con todo el espíritu, con todas las fuerzas y con toda la mente. Un amor puro: sólo Dios, y Dios solo. Todo lo que no es Dios, lo amamos en orden al amor de Dios. La caridad perfecta para el prójimo es cuando vemos en el hermano el rostro de Cristo, otro Cristo, lo amamos como a Cristo y con el amor de Cristo, lo contemplamos amorosamente con la mirada misericordiosa y tierna de Dios. Así, vivimos entregados al servicio del prójimo, como María que en las bodas de Caná , por su mediación, adelantó la manifestación del Salvador a Israel preocupándose por los demás: «No tienen vino» (Juan 2, 3). Deteniéndonos en este misterio, el segundo misterio luminoso, la Virgen nos dará su servicio de amor a los demás.


La caridad perfecta es ardiente: por el Espíritu que recibimos Avemaría tras Avemaría, la Virgen nos regala su ardor, ese fuego que la devora por el celo de la Voluntad de Dios, y que nos mueve a lo más importante, lo único importante, en realidad, para ser santos: hacer siempre la Santísima Voluntad de Dios. Tan importante es, lo único importante, hasta el punto de que esto ya nos lo enseña María desde el primer misterio del rosario, en la Encarnación, primer misterio gozoso, con su respuesta al anuncio del Ángel: «Hágase en mí según tu palabra.» (Lucas 1, 38). Comenzando por buscar sinceramente la Voluntad de Dios como Ella, al final, llegaremos a ser lo que contemplamos en los dos últimos misterios del rosario: glorificados y coronados como María.


La caridad perfecta es generosa: la generosidad consiste en la docilidad a la gracia del Espíritu Santo, a sus inspiraciones de cada momento, en lo que está cifrada la santidad, pues es realizar la Voluntad de Dios siempre. Mediante el rosario cotidiano, la Virgen nos introduce en su Corazón Inmaculado, totalmente poseído por el Espíritu Santo, y adonde hallamos la Voluntad Divina, nuestra vocación de cada día. Habitando en María, unidos místicamente a Ella por la dulce cadena de su rosario diario, buscando la Santísima Voluntad del Padre, la cumpliremos cada día al haberla buscado en el lugar correcto, y al recurrir al medio que dispuso la Providencia para recibir las gracias necesarias que nos fortalecen para llevarla a cabo. Pues rezando como María -el rosario diario es rezar como Ella-, viviremos según Dios, como María. Así, también desde el primer misterio, diremos cada día al Señor: «He aquí la esclava del Señor» (Lucas 1, 38).


La caridad perfecta es diligente: el amor diligente es el amor que responde sin vacilaciones, que hace el bien cuando Dios se lo pide. Así hizo María cuando Dios le reveló por el Ángel que Isabel estaba embarazada, y sin vacilar, fue a visitarla según la inspiración divina que recibió. Por el rosario diario, María nos comunica esta perfección que es la diligencia en el amor, diligencia que sólo se consigue con una voluntad fortalecida totalmente por la gracia y sobrenaturalizada hasta el punto de estar plenamente unida a la de Dios. Contemplando la Visitación, el segundo misterio gozoso del rosario, introduciéndonos en el Corazón Inmaculado de María, progresivamente Ella nos comunicará su rápida respuesta de amor a Dios para llegar a participar de su santidad: «... se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.» (Lucas 1, 39).


El fruto más maravilloso que María nos concede en esta vida es darnos su caridad perfecta, su amor santísimo. Viviendo en su Corazón, en el horno ardiente de caridad que es ese paraíso de Dios, somos devorados y transformados según su semejanza gloriosa. Por eso, los más grandes santos, como el Beato Juan Pablo II, son los santos de María, los devotos del rosario diario.