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domingo, 9 de octubre de 2011

El rosario diario, la ascesis más poderosa para alcanzar la santidad

Por Leandro Coccioli



Sabemos por la revelación que es necesaria la ascesis y la mortificación para alcanzar la santidad, para alcanzar la vida mística plena. El Salvador nos exhorta: «Quien no cargue con su cruz y venga detrás de mí, no puede ser mi discípulo» (Lc 14, 27); y «En verdad, en verdad les digo: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, permanece solo; pero si muere, da mucho fruto. Quien ame su alma, la perderá; y quien odie su alma en este mundo, la guardará para la vida eterna.» (Jn 12, 24-25). Para alcanzar el matrimonio espiritual con el Esposo Jesús, es preciso ir contra nosotros mismos, yendo totalmente hacia Jesús, siguiéndolo a Él y no siguiéndonos a nosotros. Odiar nuestra alma como nos pide Jesús y cargar con la cruz, significa buscar y hacer sólo lo que quiere Él y no lo que queramos nosotros, aceptando con santa resignación de amor absolutamente todo lo que nos sobreviene. Hacer sólo lo que quiere Él, como lo quiere Él, cuando lo quiere Él. Eso es lo que nos quiere decir en esas citas de la Escritura. El que nos va a unir a Él, el que nos va a hacer como Él, es Dios, no nosotros. Nosotros todo lo que tenemos que hacer es dejarlo obrar las maravillas de gracia en nosotros, obedeciéndolo, disponiéndonos para remover todo obstáculo que nos impida volar hacia sus brazos. En suma, colaborar con Quien hace todo.


El Señor dispuso una mediación, una colaboración que nos pide, para vestir nuestras almas de los ornatos nupciales, para hacer de nuestras almas sus esposas. Esa mediación, es el rezo diario del rosario en la verdadera devoción a la Santísima Virgen María. Y en este artículo consideraremos el aspecto ascético de la fiel devoción del rosario cotidiano como medio para negarnos a nosotros mismos y lograr abrazar al Esposo Divino.


¿Por qué es necesario ser verdadero devoto de María para alcanzar la santidad? ¿Por qué es necesario rezar el rosario todos los días para alcanzar el matrimonio espiritual? Se trata de un acto de humildad, de humillación, de obediencia al designio de Dios. Eso es ser verdadero devoto de María del Rosario: humillarse, no atreviéndose por humildad a ir a Cristo si no es por María. A Cristo por María. Es lo contrario a la soberbia de Satanás. Quien va a Cristo por María, alcanza plenamente a Cristo, porque el Verbo que quiso venir a nosotros por Ella en la Encarnación, no quiere que vayamos a Él sino por Ella. Es la lógica de Jesucristo, la lógica de la salvación. Y así será en el fin de los tiempos, en los días de la Parusía, de la Segunda y definitiva Venida del Hijo de Dios: será con el triunfo del Inmaculado Corazón de María. Se trata, entonces, de un acto de humildad, y en su sentido más profundo, la verdadera humildad es un acto de obediencia. Ser humildes se trata de obedecer al designio divino sobre el misterio de María en el plan de salvación. Obedeciendo a Dios en María, obedeciendo y buscando a Cristo en María, la Nueva Eva, reparamos la desobediencia de la primera Eva: Eva nos ofreció la muerte en su desobediencia cuando nuestros primeros padres cometieron el pecado original. En cambio, la Nueva Eva es obediente, es la Mujer fiel a Dios. Obedeciéndola, rezándole al rosario cada día, Ella nos ofrece a Cristo en cada misterio del rosario, en cada «Jesús» de los Avemarías. Obedeciéndola, llegamos a Dios perfectamente en la unión transformativa. Ella nos introduce en la morada secreta donde nos une a su Jesús, donde nos hace sus esposas místicas.


Por lo tanto, principalmente se trata de obedecer a Dios en su designio, desobedeciendo nuestro antojo, nuestro gustito personal inmaduro, nuestro capricho que querría irse por otras devociones, otras prácticas piadosas. Renunciando a lo que queremos nosotros, y ejercitándonos en el rosario diario contra cualquier deseo particular, hacemos un trabajo de ascesis grandioso, volviéndonos perfectamente obedientes, humildes, dóciles a la gracia. Pero el rosario diario es algo bello, que da gusto. El disgusto sólo se experimenta al principio y cuando se progresa: porque quien alcanza la perfección, quien llega al desposorio místico, lo disfruta como su encuentro de cada día donde contempla la belleza del rostro de su Esposo Santísimo en cada decena, en cada misterio. Ese disgusto incipiente y que se va purificando, no se debe sino a nuestra sensibilidad desordenada que no obedece a nuestro espíritu, que se quiere rebelar al espíritu cuando desea rezar el rosario como lo pide Dios; y también se rebela nuestro mismo espíritu cuando se va progresando, que aún no obedece a Dios. Pero cuando tenemos nuestra interioridad ordenada y somos gobernados por Dios, descubrimos con claridad diáfana la necesidad insustituible de rezar el rosario cada día, al haber comprobado por la experiencia espiritual que nada nos lleva a la unión con Dios como este obsequio celestial que nos viene de manos de la Virgen.


Esforzándonos con el auxilio de la gracia divina en rezar el rosario cada día, cada día creceremos en la virtud, al combatir la pereza que nos inclina a dejarlo. No hay hábito ni devocion más difícil de adquirir que la de rezar el rosario todos los días, debido a su carácter repetitivo y a su fundamental dimensión pasiva, en la que, medio meditando, esperamos la gracia de la contemplación de los misterios, esperamos que el Espíritu sople para prender en nuestras mentes el fuego de su amor sabroso. Esta repetición, esta meditación esforzada, esta espera pasiva que prueba nuestra paciencia amorosa, exige al máximo toda la persona. Así, es la máxima devoción, es la devoción perfecta, en la que si se persevera, se alcanza la santidad, cosa segura, garantizada por la autoridad de la Iglesia, testimoniada por los santos, prometida por María.


Rezando el rosario cada día, aumentamos nuestra caridad, aumentamos todas las virtudes que se prueban en esa devoción paciente. Esta paciencia, este soportar, este luchar para perseverar, es lo que nos asegura la mayor perfección. Así, trabajando y venciéndonos a nosotros mismos para adquirir el hábito del rosal cotidiano de María en la verdadera devoción a nuestra Madre, estaremos ejercitándonos en actos perfectos de negación de nosotros mismos, de odiarnos a nosotros, de cargar con la cruz del rosario que nos da Jesús, para ser sus discípulos, para ser dignos de ser recibidos en su morada secreta; cayendo en tierra y muriendo a nuestro juicio al abrazar el rosario diario, da mucho fruto, alcanzamos la unión con Dios cuan posible es en esta vida.


Quien se decide a rezar el rosario diario, ya muy pronto, en los primeros días y semanas, va maravillándose de cómo empieza a cambiar todo en su vida, en su corazón, en su mente. Se va volviendo divino, va siendo transformado por la gracia de Dios, de una manera única. Empieza a ver todo desde la fe, a ver la realidad claramente, empieza a vivir de la fe, a vivir poseído por el amor, empieza a participar de la fe, la esperanza y la caridad de María, porque ha ingresado en la Escuela de María del Rosario. Y la dignidad con la que se egresa de la Escuela de María del Rosario, es la de esposa de Jesús, la de la más grande santidad, la más grande felicidad, ya en esta vida, preludio de la vida del Cielo.