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Asociación y Cofradía del Rosario Santo Domingo el Real


miércoles, 20 de octubre de 2010

El rosario diario, escuela de santidad



Por Leandro Coccioli



El rosario diario es la escuela superior de santidad. No existe una escuela superior a la del rosario cotidiano para aprender y llegar a ser santo. Esto lo sabemos por la recomendación incansable de los Papas, hasta el punto de que esta recomendación pontificia constituye parte del Magisterio ordinario de los Vicarios de Cristo; también lo sabemos por el testimonio de los santos, que rezaban el rosario fidelísimamente todos los días y por ninguna razón habrían dejado de rezarlo pues sabían que por él obtenían todas las gracias; y muy especialísimamente lo sabemos por la insistencia de nuestra Madre Celestial que en cada aparición nos pide que le recemos el rosario cada día. Todo esto en cuanto a la autoridad en la que se funda la grandeza insuperable de esta escuela de santidad que es el rosario.

Ser santo es ser semejante a Cristo, y siendo semejantes a Cristo, llegamos a la semejanza con Dios. Fuimos creados para ser semejantes a Dios en sus perfecciones, uniéndonos a Él por el amor, conociéndolo en esta vida por la fe y en el cielo cara a cara, visión de la que procederá toda nuestra dicha y el amor perfecto que emanará de esta relación. Este es el sentido de la vida. Pues el rosario no tiene igual para ayudarnos a alcanzar esto. Tras haber considerado las fuentes de autoridad del rosario, sin embargo conviene preguntarnos: ¿por qué el rosario diario es la escuela superior para alcanzar la santidad?

El rosario cotidiano es la escuela superior para alcanzar la santidad porque el misterio más profundo del rosario consiste sustancialmente en dos aspectos que son exclusivos de esta oración sublime. Meditemos estos dos aspectos.

El primer aspecto del rosario es que esta oración es una participación en la oración de la Virgen María. Como es testimoniado en las Sagradas Escrituras, María meditaba los misterios de la vida de Jesús (cf. Lc 2, 19.51b). Y también sabemos que María era una súplica incesante (cf. Jn 2, 3). La Virgen cuando nos pide que recemos el rosario no nos está invitando a una oración extraña a su propia oración, sino que quiere hacernos participar de su forma de oración: meditar los misterios de la vida de Jesús en una súplica incesante a Dios. ¡Esta es una de las maravillas más bellas del rosario! Por eso, rezar el rosario es rezar como María. Pero el misterio del rosario diario es aún más hondo.

En el segundo aspecto está lo más importante del rosario. Se trata de la unión mística con María que se alcanza por esta oración. En el primer aspecto, en el rosario en cuanto escuela, María, al enseñarnos a rezar como reza Ella, nos enseña a rezar con perfección. Pero como Maestra Suprema, quiere introducirnos en el misterio de Cristo del modo más acabado posible, y esto lo hace abriéndonos la puerta de su Corazón Inmaculado, donde hallamos perfectamente a Jesús. Nos invita a habitar en Ella. Al unirnos místicamente a María por la verdadera devoción a Ella -como es enseñada por San Luis María de Montfort-, expresada en el fiel rezo diario del rosario buscando la Voluntad de Dios, nos unimos a Jesús.

Entonces, por estos dos aspectos del rosario, entendemos por qué no puede superarse el rosario en cuanto escuela de perfección: porque aprendemos a rezar del modo más perfecto, es decir, como la Virgen, la orante perfecta; y porque es más que eso, es rezar en su Corazón Inmaculado donde nos instruye en lo secreto, y unidos a Ella, nos unimos misteriosamente a Jesús del modo más elevado, pues a Jesús llegamos por María. En realidad, los más grandes devotos de la Virgen, los más grandes santos, no decían «a Jesús por María», sino: «a Jesús en María». Habitar en María místicamente conduce a la unión mística con Dios del modo más elevado. Porque María es la más grande santa y la más unida a Jesús, y en Él, a la Santísima Trinidad.

Únete a María por su rosario diario, querido hermano, y uniéndote a Ella, únete a tu Señor y Dios, que por esta vía infaliblemente llegarás a santo. Sólo reza el rosario y deja a María, por el Espíritu, obrar la transformación en ti, para gloria de Dios y para tu felicidad.